Hay algo profundamente conmovedor en la terquedad de quienes deciden seguir creando cuando ya nadie se los exige, cuando el legado está sellado y las estatuas levantadas. Y es que uno podría pensar que a estas alturas los Rolling Stones no tienen nada que demostrar, que cada disco nuevo es un regalo inesperado más que una necesidad, y sin embargo, aquí están otra vez, sesenta y cuatro años después de aquellos primeros covers de blues en los clubes de Londres, entregándonos “Foreign Tongues”, su vigésimo quinto álbum de estudio, apenas tres años después de la resurrección que significó “Hackney Diamonds”. ¿Qué se le puede pedir a una banda que ya lo dio todo? solamente que sigan siendo ellos.
Y lo son. Grabado en menos de un mes en los estudios Metropolis de Londres, nuevamente bajo la producción de Andrew Watt, el disco nos muestra a Mick Jagger, Keith Richards y Ronnie Wood haciendo exactamente lo que mejor saben hacer, sin importar la juventud ni disfrazar los años, con la misma columna vertebral de blues, rhythm & blues y rock and roll que los parió y que nunca han abandonado. Eso se deja claro desde “Rough and Twisted”, que le guiña el ojo a Muddy Waters con descaro de debutantes, queda claro que venían a reafirmarse. Si su antecesor por momentos sonaba a disco solista de Jagger, este es un álbum más guitarrero, más de banda, más holísticamente Stones. Y eso, en 2026, con sus dos fundadores bordeando los 82 años, se agradece como un privilegio que no merecemos pero recibimos igual.
Porque este es, además, un disco poblado de fantasmas queridos. Está Charlie Watts, rescatado de una de sus últimas sesiones en “Hit Me In The Head” una muestra veloz y punk donde su pulso inconfundible vuelve a empujar a la banda desde atrás, como Richards confiesa que todavía lo siente en los conciertos. Está el duelo de Ronnie Wood, que el mismo día en que murió Brian Wilson volcó su tristeza en el extenso solo de “Back In Your Life”, un gospel de más de seis minutos al que Jagger da paso con cariño de hermano. Y también tenemos “Some Of Us”, donde Keith toma el micrófono y, por primera vez desde “Memory Motel” en 1976, Mick y Keith vuelven a cantar a dúo, rescatando además una maqueta olvidada de los ochenta. Cincuenta años esperando ese reencuentro vocal, y llega en una balada sobre lo que queda de nosotros ¿casualidad? No lo creo.
En ese contexto de ausencias presentes hay que repasar el momento más discutido de la placa, la versión de “You Know I’m No Good” de Amy Winehouse. La prensa anglosajona la ha tratado con dureza, tachándola de convencional, incluso de gesto de mal gusto, midiéndose contra una voz que sabemos incomparable, pero la pregunta está mal planteada, porque este cover no buscó reemplazar la original ni hacer suyo algo que de partida no le pertenece. Este es, con toda claridad, una movida antojadiza de Jagger en donde ni siquiera intenta el soul de Amy, sino que le imprime un giro más propio, como diciendo que esto es de ella y que él solo la visita porque puede.
También destaca la presencia de Paul McCartney al bajo, Steve Winwood en el órgano de nueve canciones, Robert Smith en los sintetizadores y hasta Bruno Mars. Amy es la invitada que no podía estar, y la única manera de invitarla era esta. Los Stones, que nacieron haciendo de puente para que una generación descubriera a Muddy Waters y Chuck Berry, repiten sesenta años después el mismo acto de preservación, ahora hacia una heredera de carrera breve pero leyenda inmensa. Que la sienten en la misma mesa que Berry, cuyo “Beautiful Delilah” cierra el disco. Y seamos honestos, a estas alturas de su historia, los Rolling Stones pueden hacer lo que se les antoje, y darse el gustito de homenajear a una artista que fue, es y seguirá siendo importante, así que este cover no merece ser juzgado desde el espectro estrictamente musical.
¿Es un disco perfecto? No, y tampoco pretende serlo. Hay momentos en que las canciones se parecen entre sí, fórmulas que se repiten con distinto envoltorio, como en todo el género, y de hecho, era algo esperable teniendo en cuenta que los propios Stones ayudaron a levantarlo. La producción pulida por ratos amenaza con abrillantar de más lo que siempre funcionó mejor con polvo encima, también falta, un himno instantáneo que uno imagina coreado en un estadio, pero lo que tenemos de sobra son los falsetes hipnóticos en “Jealous Lover”, el boogie socarrón de “Mr. Charm”, la rabia elegante de “Covered In You” y por supuesto, el country dolido de “Ringing Hollow” despidiéndose de un Estados Unidos que ya no reconocen. Porque sí, siguen mirando el mundo con el ceño fruncido y la lengua afilada, fieles a esa tradición crítica tan suya.
Y al final, la sensación es la de un círculo que no se cierra del todo, Jagger avisa que hay canciones listas para el próximo disco. Nos hemos acostumbrado tanto a las despedidas que olvidamos lo extraordinario de este presente, dos amigos de infancia de 82 años, con artritis, pérdidas, con varias décadas encima, entrando a un estudio a grabar catorce canciones en un mes porque todavía les corre rock and roll por las venas. “Foreign Tongues” no cambiará la historia de The Rolling Stones, pero su prestigio continúa y la mantiene respirando, y quizás esa sea la lección más hermosa que nos deja, que la música también se trata de permanecer, de preservar a los que se fueron y de seguir tocando mientras el cuerpo aguante. ¿Y si este fuera el último? Estaría a la altura, pero conociéndolos, las lenguas extranjeras de estos ingleses eternos todavía tienen mucho que decir.

