Foto: franciscoaguilar.ph

El quinteto estadounidense comandado por Karly Hartzman aterrizó por primera vez en suelo nacional en el marco del tour promocional de su aplaudido álbum Bleeds (2025), desatando en Recoleta una comunión de noise, country sureño, catarsis lírica y devoción colectiva.

Esta noche de viernes congregó a una multitud de fieles que copó el Club Chocolate de calle Ernesto Pinto Lagarrigue, ansiosa por atestiguar el esperado desembarco del conjunto de Asheville, Carolina del Norte, tras su reciente estreno sudamericano en Uniclub de Buenos Aires.

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La jornada arrancó con la presentación de Fosfenos, cuarteto santiaguino integrado por Ignacio Aravena, Jorge Delgado, Fabián Salazar y Arturo Cornejo, revelación criolla que cruza el emo con el country alternativo. Los nacionales abrieron los fuegos con “No es necesario“, flamante adelanto de su inminente primer LP Parco, para luego despachar otra novedad como “Tortura” y repasar su EP Consideraciones Generales con la sentida “Marchitar“, dejando una inmejorable impresión entre quienes ya estaban congregados en el recinto. 

 

Pasadas las 9:15, Wednesday se plantó en escena para dar el puntapié inicial con “Reality TV Argument Bleeds“, primer track de Bleeds, haciendo sangrar los parlantes con esa mezcla tan quirúrgica entre desgarro emotivo e implacable distorsión noventera. Sin dar respiro, la arrolladora “Got Shocked” —rescatada de su aclamado Rat Saw God (2023)— ratificó la solvencia de la alineación en vivo: Ethan Baechtold tejiendo un bajo robusto, Miller llevando el reloj con precisión tras los tambores, el hipnótico lap steel de Xandy Chelmis dándole ese inconfundible tinte campirano, y Jake “Spyder” Pugh en la guitarra líder, quien tomó el lugar de MJ Lenderman para este tramo del tour.

Tras la tercera canción vino el saludo formal de Karly Hartzman, confesando que bastaron escasas veinticuatro horas en Santiago para enamorarse de la capital y recalcando con picardía que no andan diciendo eso en cada esquina del planeta. En esa misma línea, agradeció el trabajo de artistas chilenos en las visuales que adornaron el fondo del escenario. La complicidad con la cancha fue instantánea: a ratos el público coreaba “Wednesday”, y al segundo alternaba a voz en cuello con un rotundo “¡Miércoles!”, mientras la risueña frontwoman empinaba sin tapujos una botella de vino nacional entre tema y tema.

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El repertorio continuó intercalando pasajes introspectivos con bofetadas de feedback. El momento más distendido llegó cuando Hartzman anunció un tema fuera de programa a petición popular: “Chosen to Deserve“. Advirtió con honestidad que no la habían ensayado mucho, pero la audiencia —que ciertamente eligió merecerla— armó un karaoke colectivo que selló una postal de relajo absoluto cuando Karly compartió un pito de marihuana con el tecladista sobre las tablas. Poco después, sonó “Pick Up That Knife“, una de las caras más crudas y oscuras de Bleeds, desatando el delirio en la pista.

Más adelante sonó “Townies“, que fue dedicada a todos quienes viajaron desde pueblos y localidades lejanas para estar presentes anoche, encendiendo la mecha para el primer gran moshpit en el corazón del recinto. Sin embargo, el momento más encendido de la noche llegó antes de la monumental “Bull Believer“. Karly Hartzman le cedió el micrófono al baterista Alan Miller para que explicara a qué le grita con tanta furia al final de la composición: se la dedicó al “Presidente Kast”, rematando con un directo “fuck Partido Republicano”. La sala estalló de inmediato en una cerrada pifiadera y consignas reprobatorias hacia el mandatario, combustible perfecto para que Hartzman se vaciara la garganta en un grito visceral. El extenso y abrasivo cierre empalmó con “Wasp” —joya de Bleeds—, coronando un segundo y furioso pogo que terminó por sacudir hasta el último rincón del barrio Bellavista.

Wednesday vino a Chile a desangrarse y a dejar el alma sobre el escenario. Quienes presenciaron su debut en el país anoche ciertamente ya los esperan con los brazos abiertos: pueden volver el día que quieran. 

 

Por Eduardo Soto González

Profesor de Inglés de profesión, cronista musical por vocación.