
En 2011 se celebró en el Parque O’Higgins la primera edición local de Lollapalooza. Entre los artistas nacionales presentes aquel año estuvieron Los Bunkers, quienes por entonces atravesaban uno de los momentos más sólidos de su carrera. Quince años después, la historia ofreció un giro difícil de imaginar en ese entonces: la banda penquista volvió al festival, esta vez para cerrarlo como el primer headliner chileno en la historia del evento.
La jornada del sábado 14 de marzo de 2026 fue mucho más que un simple concierto dentro del cartel. Era la oportunidad de confirmar si el grupo podía sostener el peso simbólico de ocupar el último horario en uno de los festivales más masivos del continente. Y apenas comenzó a sonar “Andy va a Alemania” de Electrodomésticos como introducción, ya se percibía que lo que seguiría era algo más que música: era un momento que trascendía el calendario.
“Miño” fue la encargada de abrir los fuegos en el Banco de Chile Stage ante un Parque O’Higgins repleto. Al final de la canción, el ya tradicional golpeteo de platillos entre Álvaro López y una baqueta marcó uno de esos gestos rituales que los seguidores reconocen de inmediato, funcionando además como señal inequívoca de que la banda estaba dispuesta a ofrecer un repaso contundente por su cancionero. “Miéntele” vino pegadita, momento en que López saludó al público con un sencillo “Buenas noches, Lollapalooza, somos Los Bunkers”, desatando el primer gran coro colectivo de la noche.

“Yo sembré mis penas de amor en tu jardín” confirmó el entusiasmo colectivo con un extendido solo de guitarra a cargo de Francisco Durán, quien más tarde volvió a asumir la voz principal en “Bajo los árboles”. A esas alturas, el público ya coreaba cada estribillo como si se tratara de un karaoke multitudinario, señal de que el repertorio del grupo sigue profundamente arraigado en la memoria del público chileno.
Fue entonces cuando López se dirigió nuevamente a la audiencia para subrayar el carácter histórico de la noche. “Este es un día histórico para la música chilena”, señaló antes de pedir un aplauso para los artistas nacionales que participaron durante las dos jornadas del festival. El comentario no sonó gratuito: durante años el debate sobre el espacio de la música local en grandes festivales ha estado presente, y la imagen de una banda chilena cerrando Lollapalooza parecía responder, al menos en parte, a esa discusión.
El concierto continuó con “Una nube cuelga sobre mí”, con un saludo al final para el tecladista Martín Benavides, y con “No me hables de sufrir”. Luego llegó uno de los pasajes más expansivos de la noche: una versión prolongada de “Ahora que no estás”, con largos interludios de guitarra entre los hermanos Durán y un final de teclados que sostuvo la tensión hasta la última nota.
La sección media del show estuvo marcada por varias reinterpretaciones del repertorio de Silvio Rodríguez, figura clave en la música del grupo. “Ángel para un final”, “Quién fuera” y “El necio” fueron recibidas con entusiasmo por el público. Esta última adquirió un tono particularmente político cuando López, al fondo del escenario junto a la baterista Cancamusa, realizó un gesto nazi al entonar la línea “La necedad de asumir al enemigo”, enfatizando el contenido crítico de la canción.

Si el concierto había transitado entre momentos reflexivos y pasajes instrumentales, el tramo final optó por la celebración abierta. “Llueve sobre la ciudad” comenzó en modo unplugged antes de estallar en su versión eléctrica, seguida por “Nada nuevo bajo el sol” y “Bailando solo”, esta última con un guiño a “I Feel Love” de Donna Summer que convirtió el Parque O’Higgins en una verdadera pista de baile.
Para el cierre quedó “Ven aquí”, uno de los himnos más reconocibles del repertorio del grupo. El público coreaba cada verso mientras la banda se despedía de un escenario que, por una noche, había dejado de ser únicamente territorio de artistas internacionales.
El paso de Los Bunkers por Lollapalooza Chile 2026 no solo quedará registrado como otro exitoso concierto dentro de su extensa trayectoria, sino que también reafirmó algo que hace tiempo parecía evidente: el rock chileno tiene perfectamente ganado su lugar en escenarios de escala internacional.
Quince años después de su primera aparición en este festival, la banda penquista volvió para escribir un nuevo capítulo en su historia y, de paso, en la del propio evento, dejando claro que, bajo los árboles del Parque O’Higgins, se sintieron en un lugar donde al fin pudieron regresar.

