AC/DC regresó a Chile y más de 80 mil personas vibraron con el poder implacable del rock n’ roll. Una noche histórica que celebró la energía, la historia y la devoción por la banda australiana.
El 11 de marzo de 2026 quedará grabado a fuego en la historia de Chile como el día en que se puso fin a algo que muchos esperaron durante largo tiempo. Así es. Tres décadas tuvieron que pasar para que uno de los más insignes nombres del rock volviera a pisar un escenario en nuestro país: más de 80 mil personas en el Parque Estadio Nacional pudieron disfrutar de AC/DC en el primero de los dos shows programados en Santiago.
Hasta hoy, la banda solo había tocado una vez en territorio chileno, en 1996, cuando visitó Santiago en el marco de la gira de Ballbreaker. Desde entonces, varias generaciones crecieron escuchando sus discos sin haber tenido la oportunidad de verlos en vivo. Treinta años después, el regreso del grupo se transformó en un encuentro largamente postergado entre la banda y una fiel y enorme fanaticada que se congregó como una sola comunidad bajo la bandera del rock.
Dado que la historia de los australianos no ha estado exenta de dificultades (la muerte de Bon Scott, su primer vocalista, en 1980; los problemas de salud y posterior muerte de Malcolm Young, las complicaciones auditivas de Brian Johnson y los conflictos legales de Phil Rudd), que hoy podamos verlos en vivo es, de algún modo, un verdadero milagro: AC/DC siguió adelante por la carretera hacia el infierno con Angus Young en guitarra principal y con el cantante inglés ya recuperado, acompañados por Stevie Young (guitarra), Matt Laug (batería) y el otrora integrante de Jane’s Addiction, Chris Chaney (bajo), manteniendo intacta la base rítmica de su repertorio generacional.

Desde el comienzo del show, la banda dejó claro que su electrizante fórmula sigue intachable. La noche arrancó con “If You Want Blood (You’ve Got It)”, canción que no sonó en su debut en Chile en 1996. Brian Johnson, reconociendo lo largo de la espera, saludó al público con un enérgico: “Santiago, it’s good to be back after a long time. Too long!”, encendiendo de inmediato a miles de voces que estaban siendo testigos de una jornada histórica.

En cuanto al repertorio, el set fue una verdadera antología de la banda: Back in Black fue el disco más representado de la noche, con cinco canciones en el setlist, incluyendo “Hells Bells” (momento en el que una campana gigante apareció en escena), “Shoot to Thrill” y “You Shook Me All Night Long”. El público coreó el tradicional “¡Ole ole ole, AC/DC!” tras la canción que le dio nombre al álbum, evidenciando, una vez más, que el fanatismo por la banda guarda parecido con el vínculo entre una hinchada y un equipo de fútbol, con la salvedad de que aquí no hay derrota posible.
Por otro lado, hubo espacio para canciones que, si bien son de la etapa más temprana de la banda, eran inéditas en Chile, como “Have a Drink on Me”, “High Voltage” y “Riff Raff”. También debutaron ante el público local “Shot in the Dark” y “Stiff Upper Lip”, que fueron lanzadas con posterioridad al show del Velódromo en 1996. Sobre la primera, cabe reflexionar que solo una banda como AC/DC podría sacar de bajo de su manga una canción con el mismo nombre que una de Ozzy Osbourne y hacer corear a miles de personas a voz en cuello del mismo modo que el príncipe de las tinieblas. En “Sin City”, otra que sonaba por primera vez en un show en Chile, Angus Young se quitó la corbata y la usó para rasguear la guitarra. Durante “Dirty Deeds Done Dirt Cheap”, el fundador de la banda deslumbró con un tapping de una mano, y en “High Voltage”, Brian Johnson le pregunta al público si saben cómo se llama esto y luego se contesta él mismo: esto es rock n’ roll. Es nada y a la vez lo es todo.
Sobre el espectáculo en sí, gran parte de la energía recae en el carismático guitarrista y único miembro original en la actualidad, quien a sus más de sesenta años sigue recorriendo el escenario con su característico uniforme escolar, haciendo el duckwalk y ejecutando solos frenéticos que provocan ovaciones y vítores ensordecedores, especialmente durante “Let There Be Rock”. Brian Johnson, por su parte, mantiene su inconfundible voz rasposa y conecta con el público a través de su carisma e interacción.

El espectáculo avanzó con la precisión propia de una máquina bien aceitada. Las canciones se suceden sin grandes pausas, apoyadas en una producción gigantesca con pantallas, humo, fuego y explosiones que refuerzan el carácter monumental del show. Momentos como “Thunderstruck”, “Highway to Hell”, “Dirty Deeds Done Dirt Cheap” y “Whole Lotta Rosie” fueron fulminantes rayos que energizaron al público, haciendo del parque un coro masivo que acompañó cada riff y cada verso.
Tras el cierre del set principal, el encore incluyó dos himnos inevitables. Primero, la explosiva “T.N.T.”, acompañada del clásico “¡Eh! ¡Eh! ¡Eh!” con los puños en alto. Luego, vino el saludo rockero por antonomasia, “For Those About to Rock (We Salute You)”, que puede decirse que hizo escuela a tal punto que sus acordes resuenan, por ejemplo, en la canción homónima de la película School of Rock. Acompañado de los tradicionales cañones, la noche cerró con fuegos artificiales.

En resumidas cuentas, el show funcionó como un recordatorio de la longevidad del rock de estadio. A pesar del paso del tiempo, de los cambios de formación y de las pérdidas que han marcado su historia, AC/DC sigue siendo una institución vigente dentro del género, manteniendo en alto el estandarte del rock and roll ante audiencias de distintas generaciones (abuelos, padres, e hijos) que continúan respondiendo con la misma devoción.
El próximo domingo 15 de marzo, la banda tendrá una segunda cita con el público chileno, en lo que para muchos podría representar una última oportunidad de congregarse nuevamente bajo la bandera del rock y ver en vivo a una de las agrupaciones más grandes de la historia.

