Este sábado, el Teatro Cariola se transformó en un campo de batalla sonoro, arrasado por la furia del thrash metal. A poco más de un año de su paso por The Metal Fest —y en su primer show en solitario en Santiago desde noviembre de 2022—, Exodus regresó a la capital chilena para celebrar los 40 años de su disco debut, Bonded by Blood, desatando una tormenta de riffs y velocidad, y convocando a Infernal Thorns y Terror Society para prender la mecha de la devastación.
A las 7:30 PM, Infernal Thorns desembarcó en el escenario desde Valparaíso con su abrasador sonido. “Death Chants” abrió con velocidad y brutalidad, arrastrando a la audiencia a su oscuro universo. Con “Christ Distressed”, la banda transitó entre lo sagrado y lo profano, combinando agresión y melancolía en una catarsis sonora que retumbó en todo el recinto de calle San Diego. “Red Clouded Sky”, por su parte, cerró un set de siete canciones con un estallido apocalíptico que dejó al público absorbido por la furia del grupo porteño.
Posteriormente fue el turno de Terror Society, quienes se hicieron del escenario con su death/thrash cargado de potencia y tensión. “Worlds Collide” abrió con riffs veloces y precisión instrumental, desatando un torrente de ferocidad que sacudió a todo el teatro. “Lost Control” alternó furia contenida y dramatismo, con guitarras secas, coros abiertos y cambios de ritmo que atraparon al público en un vaivén hipnótico. “Sins” cerró la presentación de los santiaguinos con un estallido final de peso y oscuridad, cuerdas afiladas, doble bombo y coros colectivos que elevaron la intensidad y consolidaron su propuesta como un bloque poderoso y envolvente.
Finalmente, tras una impaciente audiencia que coreaba sin descanso el nombre de la banda y luego de un extenso exordio, Exodus apareció ante un Teatro Cariola a tablero vuelto para celebrar las cuatro décadas de Bonded by Blood, su primer álbum. Al fondo del escenario se desplegaba una bandera chilena con el logo de la agrupación, acompañando el telón que exhibía la portada del mítico disco, creando así un marco visual imponente.
Abrieron con la canción que da nombre a la placa debut: “Bonded by Blood”, una declaración de principios plagada de riffs cortantes y acordes eléctricos, magistralmente ejecutados por Gary Holt, cuya precisión y agresividad definieron la densidad sonora de todo el bloque y transformaron al público en un ritual colectivo de headbanging. “Exodus” y “And Then There Were None” intensificaron el caos con cuerdas disonantes y cadencias marciales, recreando un mundo amenazante y violento. “A Lesson in Violence” mantuvo la energía al máximo, con guitarras contundentes y estribillos coreables que convirtieron la violencia en teatralidad compartida. “Metal Command” se presentó como himno de unidad: coros colectivos, golpes percusivos y potentes acordes reforzaron la identidad metalera de los fans, que respondieron con puños en alto y cabeceos sincronizados.
Este primer tercio, dedicado al disco que actualmente homenajean, se interrumpió con una bestial triada de canciones. “Deathamphetamine”, con palm-muting agresivo y cambios abruptos, reflejó adicción y autodestrucción; cada riff y cada golpe de batería replicaban los ciclos de ascenso y caída del adicto. “Blacklist” giró hacia la venganza y la confrontación personal, con acordes disonantes y guitarras secas que generaron tensión constante. “Fabulous Disaster” ofreció una crítica a la destrucción global, musicalizada con gallop picking y doble bombo, mientras coros repetitivos enfatizaban la urgencia del mensaje. Cada guitarra y cada cambio de ritmo estuvo cuidadosamente sostenido por el también guitarrista de Slayer, reforzando la agresividad y la cohesión de la banda.
El bloque más oscuro arrancó con “No Love”, donde los acordes cromáticos y secciones con palm‑muting crearon un ambiente ceremonial y ritualístico. “Deliver Us to Evil” profundizó esa atmósfera sombría, preparando el terreno para “Brain Dead”, uno de los momentos más crudos y pesados del disco Pleasures of the Flesh (1987). Riffs descendentes, secciones rápidas y mid‑tempo machacantes reflejaron el deterioro físico y mental que describe la letra, mientras batería y bajo reforzaban la sensación de colapso progresivo. La voz de Rob Dukes imprimió crudeza al dramatismo del tema, cuyo clímax nihilista golpea con brutalidad: existir sin mente es peor que morir. Por ejemplo, los “cerebros muertos” que intentaron ingresar al concierto sin ticket o encendieron bengalas durante la presentación mostraron, sin duda, ser ignorantes absolutos de tragedias históricas como la avalancha en el show de Doom en Chile o el desastre de Cromañón en Argentina en un show de la banda Callejeros.
Volviendo a lo musical, “Impaler” -por su parte- desató la brutalidad más directa: riffs afilados, ritmo veloz y coros repetitivos invitaban al público a responder con puños en alto y headbanging. La letra sangrienta y gráfica se combinó con la intensidad sonora para crear un momento teatral y extremo, manteniendo la energía de la noche al máximo.
“The Toxic Waltz” se convirtió en un momento de interacción total con la audiencia. Antes de interpretarla, la banda se dio su tiempo para conectar más profundamente con los fans, realizando el típico cántico local CHI-CHI-CHI, LE-LE-LE tres veces, entre bromas y troleos varios, preguntando si querían escucharla, para finalmente tocar solo el primer compás y simular que abandonarían el escenario. Las bromas continuaron: tras repetir el cántico, interpretaron fragmentos de Raining Blood de Slayer y de Motorbreath de Metallica, en un guiño al incombustible legado del thrash. Cuando finalmente la banda interpreta el tercer track del disco Fabulous Disaster queda reflejado fielmente lo que se vive en una noche habitual en un concierto de Exodus: acción, mosh pit vehemente, golpes en la cabeza y caos general. Una canción que nació luego de que Gary Holt le pidiera al entonces vocalista Steve “Zetro” Souza escribir un tema sobre “lo que hacen los fans en sus shows”, capturando así la intensidad y el desorden que los asistentes generan en vivo. Así nomás fue.
Finalmente, “Strike of the Beast” dio el cierre —tal como lo hace en el disco— con una descarga final de pura violencia sonora: riffs galopantes, secciones entrecortadas y ráfagas de batería recrearon la sensación de cacería y pánico. Luego de que Rob Dukes presentara vehemente la canción (“Strike of the fucking beast” [“¡Golpe de la maldita bestia!”]) mientras hacía un gesto de círculo con la mano, la masa humana se convirtió en un cúmulo de arvejas en una olla hirviendo. Fue recién a la mitad de la canción cuando el vocalista tomó el control, gritando “Everybody, pick a fucking side” [“Todos, elijan un maldito lado”] y advirtiendo “Nobody goes until I say go” [“Nadie empieza hasta que yo diga ¡ya!”], organizando así el escenario para el habitual wall of death. Cuando llegó la señal, los fans se partieron en dos antes de fundirse en una sola masa de adrenalina y comunión. Así, Exodus dejó en claro que el lazo sanguinario (más que sanguíneo) con el público local se mantiene intacto luego de cuatro décadas.

