No todos los discos que regresan a la vida con motivo de aniversario han sido clásicos indiscutidos. A veces fueron irregulares, ambiciosos en exceso, y sin embargo sobreviven con una persistencia que excede cualquier puntuación o reseña. Cuando Alesana anunció que volvería a propósito de los quince años de “The Emptiness” (2010) activó algo que precede cualquier consenso crítico, la memoria.

Pero así funcionan ciertos álbumes, se filtran en la memoria colectiva y se instalan en una zona segura, y esta no es la excepción. Publicado en 2010, no pasó desapercibido, pero tampoco fue una obra maestra unánime, pero fue visto como una mejora respecto de sus antecesores, destacando como un intento conceptual con más orden y convirtiéndose en la pieza que afinaba ciertas decisiones, pero que también replicaba otras. Hubo entusiasmo, reservas, debate, pero se quedó. Se habló de ajustes en la producción, de una nueva energía en el grupo, de la simplificación de capas vocales que antes se superponen con dramatismo, comenzando poco a poco a tener esa armazón idónea e inspirada en una narrativa honesta.

La llamada “Trilogía Annabel” nació así: ambiciosa, intentando enlazar tres álbumes bajo un mismo relato literario. Había de todo un poco, oscuridad gótica, infierno italiano y una atmósfera que insistía en dialogar con el otro. Con referencias cruzadas que obligaban al oyente a prestar atención a los detalles, para así reconstruir el mapa que había empezado en esos años del en que estaba muy de moda el post-hardcore y el emo.

Lo que comenzó como un disco inspirado en Poe terminó expandiéndose. Había personajes y un hilo que prometía continuidad, aunque la ejecución estaba muy dividida. Para algunos era la consolidación de algo grande y para otros simplemente repetición. Esa ambivalencia es clave para entender que estamos acostumbrados a valorar la música bajo métricas de excelencia inmediata, ya sea en rankings, puntuaciones o colecciones, y lo que no encaja en esa categoría se guarda a juntar polvo, se ensucia por un tiempo y luego reaparece desde la huella que dejaron en un momento específico, a una edad determinada, reavivando un estado emocional que hoy ya no existe de la misma manera. 

Por eso que una banda decida interpretar un disco completo tanto tiempo después, implica asumirlo sin correcciones retrospectivas. Sin edición, sin suavizar los pasajes más débiles que dejó ese trabajo, ni hacerlo con una selección que privilegia únicamente los momentos celebrados. Se ejecuta fiel, con sus mediocridades y sus aciertos, como una forma de aceptar y reescribir el pasado tal como fue concebido, dándole otra oportunidad a la música y a la nostalgia.

Quizás ahí radica el verdadero interés de los regresos como estos. No se trata de la reivindicación de un pasaje en la discografía del artista, sino de un reconocimiento a su persistencia y trayectoria, se trata de reconocer que el valor musical no siempre lo define la crítica especializada, sino de la capacidad de permanecer en la conversación incluso sin respuestas concluyentes. Y esto tiene impacto en nosotros que no solo recordamos lo perfecto, sino que nos quedamos con lo que exigió participación; revisar letras, buscar entrevistas, debatir las composiciones, atacar o glorificar los cambios de sellos. Eso plantea una pregunta incómoda ¿qué dice eso sobre cómo valoramos la música?

“The Emptiness” no destacó por su virtuosismo, pero sí logró ordenar el dramatismo que siempre ha caracterizado a la banda. El spoken word era teatral, el trabajo rítmico de cuerdas menos saturado que en sus etapas anteriores y gozaba de una distribución vocal más contenida, lo que se agradece en contraste al desborde simultáneo de sus piezas anteriores. Las canciones densas de coros melódicos, hacían avanzar al protagonista dentro del escenario ficticio del álbum. Estaba bien logrado, tenía coherencia, y funcionaba como piedra angular para las demás partes. 

Volver a un disco antiguo y escucharlo completo es una experiencia única, se atiende con otra disposición, pues implica aceptar el orden en que fue concebido, y atravesar toda la irregularidad tanto de producción como de impacto, lo cual es muy significativo considerando que muchas placas pasan al olvido y se sostienen con dos o tres temas recordados, así que sin duda la posibilidad de recorrerlos en su amplitud se valora y se guarda en la experiencia.

Esa oportunidad tiene fecha concreta. El 24 de febrero, en el Teatro Coliseo de Santiago, Alesana interpretará íntegramente “The Emptiness” Las entradas se encuentran disponibles a través de Punto Ticket. 

Produce: Transistors