Metal Beer se ha consolidado como uno de los festivales de metal más importantes del año, transformándose en sinónimo de grandes mosh pits, bengalas, cerveza y un ambiente cargado de energía. Sus ediciones anteriores han logrado encender a los asistentes, destacando especialmente a exponentes del thrash metal, aunque sin cerrar la puerta a otras vertientes del género, siempre manteniendo una identidad clara y reconocible.
La edición de este año, sin embargo, presentó una particularidad relevante. Por razones ajenas a la organización, Metal Beer debió abandonar su característico formato open air, trasladándose desde el Hipódromo Chile al emblemático Teatro Caupolicán. Este cambio de recinto generó expectativas y dudas por igual, planteando el desafío de mantener la intensidad y el espíritu del festival en un espacio cerrado.
La jornada dio inicio a las 15:30 horas con Amnessia Eterna, banda elegida por votación popular para abrir el festival. Desde los primeros minutos dejaron en claro que lo suyo es la prolijidad instrumental y el respeto por la velocidad bien ejecutada. Su thrash metal se sostuvo en riffs precisos y solos atractivos, cargados de técnica y energía, logrando una apertura efectiva que comenzó a calentar el ambiente y a preparar al público para una jornada intensa desde temprano.
A continuación, fue el turno de Kythrone, quienes aportaron la cuota de black metal al festival. Su presentación se apoyó en una propuesta claramente ritualista, donde la música, las visuales proyectadas y la puesta en escena funcionaron como un todo coherente. Con imágenes potentes de fondo y una estética cuidadosamente trabajada, la banda logró construir una atmósfera densa y solemne, marcando un contraste efectivo con la velocidad de la apertura y ampliando el espectro sonoro del Metal Beer.
Alrededor de las 17:00 horas subieron al escenario Metakiase, oriundos de Pucón, irrumpiendo con un heavy/thrash metal potente y directo. Su presentación se sostuvo en riffs firmes y una ejecución sólida, transmitiendo energía desde el primer minuto y reforzando el carácter intenso de la jornada. La banda conectó rápidamente con el público, aportando fuerza y dinamismo a una tarde que ya comenzaba a tomar temperatura dentro del Caupolicán.
Posteriormente fue el turno de los históricos Dorso, y para ese momento el público ya se encontraba completamente cargado de energía. La banda no decepcionó: desde los primeros compases se generó una conexión inmediata con los asistentes, desatando los primeros mosh pits de la tarde. La respuesta fue espontánea y visceral, confirmando que Dorso sigue siendo un nombre capaz de encender al público y activar el espíritu más caótico y festivo del metal en vivo.
Pasadas las 19:00 horas hizo su aparición uno de los representantes del Big Four del thrash metal alemán. Si el año anterior había sido el turno de Sodom, en esta edición la responsabilidad recayó en Destruction. Desde ese instante quedó claro que el festival contaba con dos headliners, algo que se evidenció de inmediato cuando comenzaron a sonar los primeros riffs de “Curse the Gods”. La respuesta del público fue inmediata y desbordante, liberando una ansiedad contenida que explotó en cuestión de segundos.
El caos continuó con “Invincible Force”, “Nailed to the Cross” y “Scumbag Human Race”. En estos primeros momentos del concierto, Schmier, vocalista de la banda, se dirigió al público con una frase que terminó por encender aún más los ánimos: “Chile tiene el mejor mosh pit del mundo”. Aquellas palabras elevaron la intensidad de un show que ya se perfilaba como uno de los más espectaculares de la jornada.
El concierto avanzó como una verdadera celebración de clásicos como “Mad Butcher”, “Life Without Sense” y “Total Desaster”, confirmando que lo que se estaba viviendo era una descarga directa de historia y velocidad. Sin embargo, también hubo espacio para material más reciente, con canciones como “Diabolical” y “No Kings No Masters”. Saltos, mosh pits constantes y una comunión total entre banda y público marcaron un show que, desde sus primeros minutos, dejó en claro que Destruction venía a aplastar sin concesiones.
Para el epílogo del concierto, la masacre continuó con piezas como “The Butcher Strikes Back”, “Antichrist” y “Eternal Ban”, llevando la intensidad a su punto máximo. El público se encontraba completamente en éxtasis, entregado a cada riff y a cada golpe de batería, disfrutando sin reservas de una verdadera avalancha de thrash metal clásico. El cierre llegó con el himno definitivo “Thrash ’Til Death”, momento en que el Teatro Caupolicán explotó en un mosh pit épico, acompañado por la aparición de las primeras bengalas de la jornada, sellando un final tan caótico como memorable.
Para cualquier fanático del metal extremo, la importancia y la epicidad de la legendaria banda Death resultan incuestionables. Por lo mismo, la llegada de Death to All generó una expectación enorme entre los asistentes. Durante la semana previa al concierto, era habitual escuchar conversaciones en torno al legado de la banda, sus distintas etapas y discos fundamentales como “Symbolic”. La anticipación no solo hablaba de nostalgia, sino del profundo respeto que la obra de Chuck Schuldiner sigue despertando hasta hoy. Como dato no menor, el único concierto que Chuck realizó en Sudamérica fue en Chile, en 1998, justamente en el recinto que hoy conocemos como Teatro Caupolicán, entonces denominado Teatro Monumental.
Cerca de las 21:00 horas hicieron su aparición los miembros de Death to All, abriendo con los riffs iniciales de “Infernal Death”. Aunque se trató solo de la introducción, bastó para que el público liberara toda la energía acumulada tras semanas de espera. El set continuó con una sólida selección del álbum “Spiritual Healing”, incluyendo “Living Monstrosity”, “Defensive Personalities”, “Altering the Future” y la canción homónima, intercaladas con clásicos de distintas etapas como “Lack of Comprehension”, “Zombie Ritual” y “The Philosopher”. Esta primera parte del show estuvo marcada por emoción, felicidad y un despliegue de death metal brutal que dejó a todos los presentes plenamente satisfechos.
En varios momentos, el bajista Steve Di Giorgio tomó la palabra para agradecer al público, honrar la memoria de Chuck Schuldiner y animar la jornada con comentarios cercanos y bromas espontáneas. Esa interacción constante generó un ambiente cálido y fraterno, reforzando la sensación de estar participando no solo en un concierto, sino en un homenaje vivo y profundamente respetuoso.
La segunda parte del show se transformó en una verdadera celebración del álbum “Symbolic”, comenzando con la canción homónima. En ese instante, el Teatro Caupolicán estalló: los asistentes liberaron toda la emoción contenida en un mosh pit impresionante, acompañado por la aparición de dos bengalas que intensificaron aún más la atmósfera épica del momento. Fue uno de los puntos más altos de la noche, donde la comunión entre banda y público alcanzó un nivel absoluto.
Siguieron “Zero Tolerance”, “Empty Words”, “1,000 Eyes”, “Without Judgement” y la infaltable “Crystal Mountain”. Todo fue un caos constante y celebratorio: mosh pits ininterrumpidos, headbanging, coros colectivos y teléfonos en alto intentando capturar cada segundo de un momento irrepetible. La energía no decayó en ningún instante, y el público respondió con una entrega total. Destacable fue la estupenda performance del vocalista Max Phelps, cuyo nivel fue sobresaliente y terminó por encantar a todos los asistentes. Esta sección cerró con “Misanthrope” y “Perennial Quest”.
La noche llegó a su fin con “Spirit Crusher” y, tal como muchos anticipaban, “Pull the Plug”, poniendo punto final a una jornada vivida con intensidad absoluta de principio a fin. Con el último acorde, el Teatro Caupolicán quedó envuelto en una mezcla de agotamiento, euforia y satisfacción colectiva, con la sensación clara de haber sido parte de algo especial.
Así, Metal Beer cierra una edición memorable, reafirmando su lugar como uno de los festivales más importantes del calendario metalero nacional. Una celebración de música extrema, camaradería y memoria colectiva, dejando claro que, más allá del formato o el recinto, el espíritu del metal sigue intacto y más vivo que nunca.

